
Termino esta serie acerca del mal menor con un artículo con el que pertendo demostrar que, si alguna vez lo fue, el PP ha dejado y con creces de ser el ansiado por algunos "mal menor".
Empezaré por decir que según el Observatoire de l´Europe, en un estudio muy reciente, en el 2008 los eurodiputados del PPE (Partido Popuar Europeo) y del PSE (Partido Socialista de Europa) pulsaron el mismo botón en el 97% de las 535 votaciones nominales y tan sólo se "enfrentaron" en 18 ocasiones. Esto revela el grado de afinidad y coincidencia de criterios de ambas formaciones en Europa. Pero hay más porque, según los datos recopilados por VoteWatch, los eurodiputados españoles de PSOE votaron en un 69,9 % lo mismo que los eurodiputados del PP. En los últimos cinco años se han celebrado en el Parlamento Europeo un total de 6.149 votaciones, de las que en 4.286 ocasiones los socialistas pensaban exactamente lo mismo que el PP, porque votaron exactamente lo mismo que ellos. Esto lleva a la conclusión clara y evidente de que PP y PSOE, PSOE y PP son prácticamente lo mismo en Europa. De lo que se deduce que, si no hay prácticamente diferencias sustanciales y trascendentes, no hay ni puede haber más que una cosa: mal. Sin apellidos.
Pero, ¿Y en España? Porque, aunque estas elecciones son europeas, es evidente que como se piensa, se propone y se actúa en tu país, igualmente se hace en Europa. Pues bien:
Cuando un partido dice defender la vida mientras acepta sin reservas la actual ley del aborto, legaliza la píldora RU-486 y la del día después (PDD) y realiza experimentos con embriones humanos (cuando era gobierno), al tiempo que subvenciona clínicas abortistas; cuando un partido dice defender la familia mientras acepta sin reservas las parejas de hecho y homosexuales (aun cuando no las llame matrimonio, que igual da que da lo mismo) y únicamente se abstiene en la votación de la ley del divorcio exprées; cuando dice estar inspirado por el humanismo cristiano para atraerse el voto católico mientras reprueba vergonzantemente al Papa y acepta toda la cultura progre y laicista sin mover un dedo ni defiende las raíces cristianas de España; cuando un partido dice defender la libre educación para los hijos mientras impide la objeción de conciencia a la EpC en autonomías en donde gobierna (como es el caso de la mía, Murcia); cuando un partido dice defender la unidad de España y se alía con los separatistas para auparse al poder (como hizo Aznar en su primera legislatura) o se apunta a la deriva estatutaria firmando estatutos filoseparatistas como el de la "realidad nacional andaluza"; cuando en materia militar, la reforma de las Fuerzas Armadas llevada a cabo por los ministros Eduardo Serra (heredado de los socialistas) y Federico Trillo-Figueroa nos han dejado, simplemente, sin ejércitos, sin capacidad defensiva (de la ofensiva ni hablamos) y sin independencia en la fabricación de armamento, etc. etc., ¿Podemos llamarlo sin sonrojarnos "mal menor"? Un partido voluble, acomplejado, cobardón en muchos aspectos, sin ideario claro, que ha renunciado a principios, valores, y a dar la batalla cultural a la izquierda progre y laicista no puede seguir siendo considerado por los católicos y españoles orgullosos de serlo como el mal menor. Se ha convertido en un mal en sí mismo.
Y ya no es de recibo la teoría esa de que hay que echar a Zparo como sea. Primero porque lo que se dilucida en estas elecciones no es el gobierno de España ni son unas elecciones generales, y en segundo lugar porque, como creo haber demostrado más que sobradamente, el PP no se diferencia en muchísimas cuestiones importantísimas del PSOE. Y conste que no he tocado temas graves como el de la corrupción en la que también está embarcado el PP.
Por tanto creo llegada la hora del cambio, es hora de buscar y votar a quienes en serio y de verdad nos representen, es hora de darnos voz a los que no tenemos voz, es hora (por decirlo así) de votarnos a nosotros mismos. Y eso sólo lo haremos votando a un partido que defienda de veras principios y valores, que se muestre respetuoso con los católicos, que quiera defender en la vida pública, sin complejos, la vida, la familia, las raíces cristianas, la libertad educativa y la justicia social basada en la Doctrina Social de la Iglesia. Y que defienda a España y a su unidad.
Como dijo Juan Pablo II, no tengamos miedo. La vida no acaba en el PP ni muchísimo menos. El voto es nuestro, no es propiedad de nadie. Utilicémoslo en conciencia, como católicos que somos. En el siguiente artículo explicaré quién de verdad quiere representarnos sin complejos y que se merece sin duda nuestro voto.